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Editorial Número 172
Carta
Dos temas fundamentales para el sector conforman el grueso de esta edición de Entelequia: la ley de radiodifusión, por una parte y la reglamentación del servicio universal, por la otra.
Con respecto al primero, al cierre de esta edición, no se ha hecho público aún el contenido que tendría la nueva ley, propuesta para reemplazar a la vigente desde la época del gobierno militar. Los planteos preliminares, los discursos políticos que se difunden, tienden a sostener desde la retórica la necesidad de convocar a los distintos sectores para su elaboración. La intensión es plausible a priori.
Cabe destacar al respecto que lo que marca el verdadero espíritu de diálogo es la efectiva consideración de los planteos que presentan las partes. Considerar no significa acatar. Considerar es tener en cuenta al otro a la hora de decidir. Del mismo modo que escuchar no es idéntico a dialogar. Escuchar puede ser, muchas veces, simplemente sentarse a oír, haciendo puramente, una miss en scenne de diálogo.
Como siempre, en este caso también será la realidad la encargada de mostrar a cara limpia la verdad de toda intención. Si prevaleció el diálogo o sólo la miss en scenne de un diálogo pregonado (res nos verba -hechos, no palabras- dice el viejo adagio latino)
El tema del Servicio Universal, es eje de esta edición. Las notas de nuestros columnistas al respecto, son imperdibles.
Siempre sostuvimos desde esta columna, que un marco regulatorio que garantice la seguridad jurídica y en consecuencia aporte previsibilidad, es fundamental para el desarrollo de la inversión y el consecuente crecimiento de la economía. También sostenemos que una legislación que tienda a nivelar las desigualdades notorias que aquejan a nuestro país desde distintos puntos de vista, sólo puede redundar en el bienestar general, en la mejora de la calidad de vida y educación de la población.
Como un polígono de vastas aristas, se presenta siempre la realidad. Hay que saber verla desde distintos lugares. Estar en los zapatos del otro no es fácil. Nadie quiere perder sus prerrogativas. Y todos quieren obtener aquellas que no tienen.
Los acuerdos y desacuerdos a la hora de poner en práctica cualquier tipo de intenciones, son intrínsecos a la naturaleza de cualquier acto que tengan que llevar acabo dos o más personas. Hay partes. Hay intereses. Hay, por lo tanto, conflicto.
Dentro de este conflicto de partes, cabe esperar que asuman los gobiernos un rol: el de velar por el interés general. Así es esperable que suceda.
La puesta en vigencia del servicio universal viene a subsanar entre otros, un mal que tiene como una de sus causas la desproporcionada distribución de la población. Los problemas de provisión de adecuados servicios de comunicaciones tienden a agravarse en un país que se reparte, monstruosamente, entre megalópolis y zonas virtualmente aisladas. Así se configura nuestro mapa Y me pregunto: Ha habido algún gobierno que bregara por revertir esta situación? Tal vez no. Pues la concentración de la población es funcional al proselitismo político. Tal vez no, pues la planificación de un país a futuro, una de cuyas materias sería el crecimiento y la distribución de la población, carece de fecha en una agenda política cuyas páginas se agotan en las próximas elecciones. Y no es esta una falla del gobierno actual. Es un estigma que marca las últimas décadas de nuestra Nación.
Necesitamos imperiosamente tener políticas nacionales que trasciendan los gobiernos de turno. Gobernar es una palabra de origen griego que significa nada más y nada menos que llevar el timón de la nave No puede cambiarse el rumbo con cada timonel, con cada “gobierno”. Y aunque no se puede pensar y prever todo, tampoco se puede navegar a la deriva. Hace falta un “destino”, un punto al que arribar. Y ajustar las velas para llegar a él, según soplen los vientos. Si ha sido el mejor o no, sólo el tiempo lo dirá. Tal vez también en algo nos equivocamos al implementarlo. Pero está dentro de las reglas del juego, pues sólo es perfecto aquel acto que no se ejecuta. Sólo es ideal aquel amor que no se vive.
Hasta la próxima
Juliette Massouh
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